Permanent marker installations by Heike Weber.
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2:27 marcaban las agujas de ese reloj viejo y deslucido, con un ligero pero estruendoso y molesto ruido, producto del golpeteo del segundero. Era madrugada y, si bien, a lo mejor no parece haber alguna anomalía en esa hora en específico, pero él sí la lograba ver. Ese maldito número que lo perseguía, que no tenía ningún sentido pero representaba absolutamente todo, siempre, en todos lados, como una fiera en busca de su presa, como una sombra que corroe a su dueño al grito del socorro. Él sabía identificar las “unidades” como “dualidades”, palabras que riman, palabras que son antónimos, pero que al mismo tiempo son hermanas, hijas del desierto y de la muchedumbre. Sobre todo, la palabra “dualidades” formada por diez letras, por el uno y por el cero, por el todo y por la nada, la función gramatical de la vida en general, el orden y el desorden. Evidentemente nadie lo entendía, ¿qué iban a saber los justos y los sabios sobre reconocer nuevos patrones cuando ellos mismos pertenecían a uno ya muy esclavizado? Por eso hablaba de ellos en plural. “Los autos, sus matrículas, gente trotando y lectores”, todos generalizados. Él se daba cuenta, entendía todo pero al mismo tiempo nada, por eso estaba preso, por eso se temía.
Ermitaño, vendó sus ojos, solitario se escondía para encontrarse, huir de ese modo imperativo que domina a los sumisos, aquél que controla y no permite el conocimiento autoconsciente, que impide toda libertad de los espíritus. Él se sabía preponderante ante sus decisiones y creía llegar solo a su respuesta, ¿pero qué al estar solo no estaría también consigo mismo? ¿Cómo dos unidades aledañas formando una sola? ¿Con el resultado de toda la experiencia y de toda interpretación en su vida realizada? ¿Cómo lograría encontrarse en medio tantas tentaciones? “¡Mira cómo se burla de ti! ¡Míralo cómo jadea de la risa!” se decía a sí mismo en un silencio con los párpados tapados. “Es el mundo que corrompe hasta las entrañas más sinceras, el que instruye un conocimiento limítrofe de los dominios en los inocentes, ¿o no habría de llamarlos ‘inocentes’ sino ‘necios’? Porque la compasión no debe de existir y un mundo así no merece de inocencia. Ellos se creen haber compadecido con estoicismo de la enfermedad y del enfermo, pero el sufrimiento no es ajeno sino propio, por eso lloran cuando sus ojos creen ver lástima en los individuos, por eso rechazan a los singulares, víctimas de una moralidad de feligreses, en realidad se lloran y rechazan a sí mismos,” Entonces entendió: “¿Qué no al morir nacen nuevos animales? ¿Esos que carcomen hasta el más mínimo gajo de los seres? ¡Pero qué egoísta de mi parte dejar que esos animales se alimenten de mis propias impurezas! ¡Tragándose mis responsabilidades! ¡Son mis responsabilidades! ¡Entonces esclavízate a ti mismo! ¡Desafía tu propia periferia! ¡Siempre has sido autor de tu orgánica materia, de esa poetisa ebria!”.
Despertó de un sobresalto, sentía sudor en sus mejillas y un corazón precipitado, como alguien que recién fue secuestrado. Apenas había pasado poco tiempo desde que aisló su vista del espejo para responder interrogantes que le surgían poco a poco. Al volver a abrir los ojos, encontró a su ser cegado y logró sentir ante su cuello sometido, un candado de cuatro dígitos que lo oprimía fuertemente y le impedía respirar correctamente. Creyó haber pasado ya una eternidad, bien sabido que en la soledad y en la invidencia las manecillas giran con una mayor profundidad y con un mayor anhelo de sobrevivencia. ¿Cómo iba a lograr su libertad ante cuatro números, sin la respiración y con una ceguera de por medio? Sólo tenía su mente y sus instintos para solucionar el acertijo.
Osaba jugar con rompecabezas de pequeño, de muchas y pocas piezas, de muchas y pocas formas. Pero de su pasatiempo dependía su vida en ese instante, ya no era sólo un juego, era culminar o prevalecer con su propia biografía. Debía de hallar la forma de controlar sus interminables sinapsis, observar su vida y encontrar la clave. También sabía que el escondite de ésta estaría en lo menos manifiesto, en lo menos obvio, porque la obviedad es propiedad de los rebaños, del séquito, de aquellos que en todo ven lo mismo, con la más minúscula perspectiva de las cosas. Él entendía por evidente todo aquello que se asume pero que se evade, y para su afortunado padecimiento de ceguera, podía evadirlo todo. Saltos cuánticos en su interior, entre canciones, cigarros, aromas, teléfonos y fechas buscaba pero al parecer nada resultaba, sólo el acertijo continuaba. Y pensaba ensimismado: “El enigma no puede ser eterno, su naturaleza corresponde a ser finito, a ser resuelto, no puede ser perenne, ¿cómo una fragante flor de crisantemo se permite a sí misma ser inagotable? ¿cómo un gavilán migra sin descanso durante noviembre? Mes en que los muertos son conmemorados, mes representado por el crisantemo, mes en que las aves incansables han llegado a su península, todo aquello muestra ejemplos vitalicios, ¡pero al parecer no refiere a la duración de mi aprehensión! ¡sino a mi apetito emperador!” Entusiasmado, se convenció de que sin duda podía lograr su escape. Sabía que noviembre le ocultaba algo, era también el mes de su nacimiento y la génesis de todos los enigmas es un tema que siempre había respetado. Entonces continuó con su cuestionamiento: “¿Noviembre? ¿Qué no la misma etimología de su nombre denomina un nueve? ¡No te ocultes más, amigo mío!” y confiando plenamente en su maniobra y en su alma, giró la primer rueda del candado hasta marcar un dígito, con los ojos completamente obstruidos y su cuello siendo torturado. Sólo podía sentir la pequeña dentadura interna del candado dando vueltas, confiando en que su posición fuera la correcta, entonces continuó: “Hay otro patrón que he identificado, el calendario gregoriano ha ignorado la etimología de los períodos con respecto al calendario romano, éste último empezando con el fuego sagrado, el primero de marzo, el primer día del año ¡otra vez esa tácita expresión! ¡se pone máscaras para que no la logre descifrar! Par de unidades adyacentes de sí mismas, ¡pero necesito un solo dato! Cree esconderse en mi rumiar, pero en adición, ahora le daré un sentido dual” se dio cuenta entonces de que ya tenía en sus dominios al segundo de los dígitos, y era de su conocimiento que si lograba descifrar los tres primeros, podría deducir el último. “¿Acaso los romanos me tendrían preparada otra respuesta dentro de su calendario? ¿Por qué los romanos? ¿Qué me estaba tratando de decir el imperio que sufrió de saturnismo, intoxicados en su embriaguez? ¿Acaso el plomo tenía algo que ver en esto? ¿Acaso la embriaguez de mis instintos me llevarían a sucumbir?” Fue entonces cuando decidió mantenerse firme a su criterio y recordó la evasión por la obviedad. Siempre fue un amante de la química y del vino, por lo que sabía que el plomo le indicaba otro de sus dígitos, pero no era esa específicamente su respuesta porque a él no le indicaba nada. Debía escucharse más allá a sí mismo, debía de abrir bien sus oídos. “¡Ahora lo tengo!” gritó repentinamente con la voz entrecortada por su cuello sumiso. Siempre gustó de los juegos con palabras, los lipogramas y palíndromos, calambures y bifrontes, por lo que su espíritu había encontrado una solución dentro de esta alternativa al relacionar la química con sus oídos “¡Mi respuesta es un bifronte originario en la abertura a mi propio ser interno! ¡A mis ‘oídos’! ¡El sodio es mi tercer dato! Y si al sodio has concluido, entiende que toda maravilla se expresa en letras y las letras se expresan en los números. Piensa el conteo, piensa en la adición.” Se decía a sí mismo. Y nuevamente, con gran determinación, un tercer número lo asaltó en medio de su controversia y giró los pequeños engranajes oxidados que yacían en su cuello hasta establecerlo. “¡Qué solemne es mi espíritu, que me da fuerza para sentir los números sin verlos! ¡Para que lleguen a mí sin pesimismo! Ahora me falta un solo dígito y creo saber cómo obtenerlo. Todo ha estado en ese número, el que me perseguía, que no tenía ningún sentido pero representaba absolutamente todo, ahora ya ha tomado un significado, una lógica, ¡tengo tres números! ¡he establecido un patrón! ¡He establecido el camino adecuado para escapar de mis propias enfermedades!” Y sin el menor signo de debilidad ni titubeo, viró rápidamente la última de las ruedillas del candado a partir de sus propias conclusiones, con entereza, firme de sus decisiones. Cuando logró acertadamente deshacerse del candado y de todos sus enigmas, se despojó de aquella venda que su vista le obstruía mientras “todos los mensajes son ocultos” se decía. Al abrir los ojos nuevamente, 2:27 marcaban las agujas de ese reloj viejo y deslucido.

